EL DEBATE DE LA TAUROMAQUIA.
/ por Sergio Arias /
En días pasados el Congreso de la Ciudad de México aprobó una reforma que prohíbe las corridas de toros con violencia (sic).
Se trata de una reforma que prevé restringir todo tipo de objetos punzo cortantes que causen daño a los toros limitando el espectáculo taurino a evitar cualquier tipo de derramamiento de sangre, la muerte del toro y el riesgo del torero.
Se trata de una reforma histórica por tratarse de una iniciativa ciudadana en ser analizada, discutida y votada por el pleno del Congreso capitalino, sin embargo (y al igual que el tema del aborto), por lo polarizado de las visiones entre los aficionados a los toros y los animalistas, no puede resolverse únicamente de manera jurídica.
No es un tema fácil de resolver, hay visiones en contra que señalan que es un espectáculo cruel propio de gente perturbada y equipara las corridas de toros a una especie de tortura y maltrato animal innecesario, otros argumentan que la tauromaquia perpetúa una cultura de violencia y brutalidad. Otras a favor, consideran que se trata de una industria que genera empleo a miles de personas y genera adicionalmente trabajos en sectores como el turismo y la hotelería, otras más consideran que la crianza de los toros de lidia permite la preservación de ecosistemas donde pastan estos animales y que sin las corridas, estas razas podrían desaparecer.
Antonini de Jiménez, uno de los más importantes defensores de la tauromaquia y de los que mejor han argumentado a su favor, señala que: las corridas son moralmente buenas porque enaltecen tres valores que son indispensables para el desarrollo de las personas: la valentía, la lealtad y la entrega. Son las columnas de la libertad, y un hombre que quiere ser libre tiene que vivir en base a esos tres valores. Para él las corridas de toros deben interpretarse como un ritual de sacrificio de origen ancestral que simboliza el orden cósmico y la lucha entre la vida y la muerte, de tal manera que la muerte del toro no es solo un acto de violencia, sino una representación ritualizada que canaliza tensiones sociales y emocionales de la comunidad, el torero asume el rol de sacerdote-guerrero, que debe dominar la fuerza bruta del toro para restaurar el equilibrio, sin embargo, la modernidad ha desencantado estos rituales, transformándolos en espectáculos comerciales vacíos de su antigua carga simbólica, desvirtuando su sentido originario, lo que ha permitido un espacio para críticas éticas y animalistas, que ven en las corridas un acto de crueldad más que un rito cultural.
Por otra parte, Michel Onfray considera que las corridas de toros son un espectáculo de la muerte que se disfraza de un supuesto teatro solar de religiosidad, erotismo y arte. Para él el placer que obtienen los espectadores de una corrida de toros es incompatible con una ética basada en la búsqueda del placer sin sufrimiento ajeno, de ahí su critica a toda justificación del uso de animales como entretenimiento para los humanos. La tauromaquia es una manifestación del dominio humano sobre otras especies, algo que considera moralmente inaceptable ya que se trata de una práctica bárbara donde el sufrimiento y la muerte del toro se convierten en espectáculo, de tal manera que esta forma de violencia ritualizada no tiene cabida en una sociedad que aspira a valores éticos y de respeto hacia los seres vivos.
Como podemos advertir no es un tema fácil de conciliar.
En estos casos debe prevalecer la responsabilidad de tomar una decisión política, -no a medias-, a pesar de las consecuencias económicas, políticas, medioambientales o sociales; por ejemplo, en 2010 el parlamento de Cataluña con una visión separatista -no nacionalista- y desvinculante a todo lo que sea español, prohibió las corridas toros.
Toda decisión política es el resultado de factores complejos, sin embargo, para ser congruente con la reciente reforma a la Constitución que reformó el artículo 4º que dispone la prohibición del maltrato animal y la obligación del Estado a garantizar su protección, trato adecuado, conservación y cuidado, la decisión debió ser prohibicionista.
De cualquier manera, no puede haber tauromaquia sin violencia y sin la eventual presencia de la muerte más para el toro que para el torero.

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