ODIO A LOS RICOS, PERO QUIERO SER COMO ELLOS
/ por Sergio Arias /
Que, vistas de Prada, Louis Vuitton, Balenciaga, Gucci o cualquier otra prenda de marca no te hace millonario y mucho menos significa que tengas un nivel económico distinto al de los demás. Si bien durante años la ropa se asocia al estatus que permite a la gente mostrar una mejora en el nivel económico, la publicidad de las marcas de alto valor se asocia al estilo de vida aspiracional en términos de éxito, belleza, riqueza o fama, lo cual no significa pertenecer a una u otra clase social.
La ropa de marca suele tener precios altos, lo que limita su acceso a personas con mayores ingresos. Esa exclusividad refuerza el perjuicio de que solo quienes tienen un cierto estatus económico pueden permitírsela. Si con ello se asocia con el mito de la clase media las cosas se desequilibran porque se nos hace creer que vivimos en una sociedad más igualitaria.
El filósofo norteamericano Michael J Sandel cuestiona el ideal “meritocrático” ya que, para él, quienes tienen éxito tienden a sentirse completamente merecedores, ignorando el papel del accidente, del apoyo social y de los privilegios de nacimiento, lo cual genera una especie de resentimiento social en quienes no alcanzan ese éxito, pues parecen percibirlos como responsables de su propia exclusión social.
Para ponerlo en términos marxistas, mientras no se detenten los medios de producción se es proletario punto. Se puede poseer algo de propiedad privada, pero no lo suficiente como para ser parte de los grandes capitalistas. No hay clase media sino un comportamiento pequeño burgués, es decir una posición intermedia entre el proletariado y los dueños de los medios de producción, que cumple un rol contradictorio y, a menudo, inestable en la lucha de clases.
En el terreno político en las últimas semanas se acusa a diversos actores políticos que enarbolan ciertos principios de la izquierda, como la denuncia al sistema económico neoliberal, la desigualdad y la opresión, pero presumen sin el menor rubor vivir como personajes del Jet Set: propiedades, ropa o viajes olvidando los principios que postulan y la coherencia personal. Son políticos que predican austeridad, igualdad o solidaridad, pero viven con lujos y gastos excesivos, generado una enorme contradicción entre el discurso y la práctica.
Para Marx, se trata de una clase inestable, ideológicamente ambigua ya que a menudo tienen intereses que coinciden con la burguesía, pero viven tensiones similares al proletariado como precariedad, endeudamiento, explotación. Por ello, los consideraba ideológicamente volátiles ya que pueden apoyar tanto causas progresistas como reaccionarias; es algo así como me dijo un día un buen amigo: “odio a los ricos, pero quiero ser como ellos”.
La transformación que está viviendo nuestro país requiere de políticos congruentes en el sentido amplio de la palabra. Más allá de los ropajes y de la frivolidad, se requiere de políticos congruentes y consecuentes.
La congruencia política de una izquierda definida consiste en contar con un proyecto político claro, encaminado a reducir las desigualdades económicas y sociales de forma objetiva, es a decir de Boaventura de Sousa Santos:
“La izquierda solo puede ser creíble si practica la coherencia entre su discurso emancipador y su acción política.”

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