AGENCIA DE NOTICIAS

EL CYBORGPOLÍTICO

/ Sergio Arias /

En días pasado trascendió una conversación entre los presidentes de Rusia Vladimir Putin y Xi Jinping de China, la cual giró en torno a temas de ingeniería genética, trasplante de órganos y biotecnología. Ambos mandatarios comentaron sobre la posibilidad de que el ser humano llegue a vivir hasta los 150 años.

Esto no es una ocurrencia que derive de la ciencia ficción, existe toda una estructura financiera y una ideología encaminada a establecer que el envejecimiento es una enfermedad curable y reversible.

Uno de los principales promotores es el académico José Luis Cordeiro (Universidad de la Singularidad) quien afirma que: “en 2045 la muerte será opcional» y que podremos rejuvenecer biológicamente, de tal manera que el próximo ser humano que no muera de causas naturales ya nació y habita entre nosotros; defiende apasionadamente lo que se conoce como transhumanismo. Sostiene que es una oportunidad sin precedentes para la humanidad, presagia que en unas décadas podremos curar el envejecimiento, controlar nuestra evolución, fusionarnos con máquinas inteligentes y hacer que la muerte sea una elección, no una obligación.

Por su parte Nick Bostrom (Universidad de Oxford), considera la posibilidad de mejorar fundamentalmente la condición humana desarrollando tecnologías que eliminen el envejecimiento y aumenten enormemente las capacidades humanas intelectuales, físicas y psicológicas.

El transhumanismo es la oposición radical al humanismo, aquella corriente que pone al ser humano como el centro de su actuar con la finalidad de transformar el mundo. Como señala Carlos M. Madrid Casado (Transhumanismo, inteligencia artificial y biotecnología), si bien ambas corrientes comparten el respeto por la razón y el compromiso por el progreso, el transhumanismo aspira a cambiar, no ya las condiciones de la existencia humana, sino la propia naturaleza humana, da ahí que, desde un punto de vista bioético, resultan condenables aquellas biotecnologías que ataquen el mantenimiento del individuo y, desde un punto de vista biomoral o biopolítico, deben limitarse las que pongan en peligro la supervivencia de la sociedad política.

En términos médicos cabría preguntarnos si esto es sostenible científicamente. En términos políticos eventualmente se prefiguraría el fin del zoon politikón de Aristóteles y daríamos paso al cyborgpolítico con todas las consecuencias para la democracia y el contrato social.

Yuval Noah Harari en su libro De animales a dioses, define a los ciborgs como seres que combinan partes orgánicas e inorgánicas y que en cierto sentido todos estamos complementados por partes o dispositivos adicionales a nuestro cuerpo como son los lentes, el teléfono celular, los marcapasos o algún tipo de prótesis de tal manera, estamos encaminados a tener ciertas características que modifican nuestras capacidades y deseos e identidades.

En el terreno de la política realmente existente, de llegarse a establecer la longevidad extrema de los actores políticos, los riesgos para la vida democrática implicarían el establecimiento de una nueva élite de cyborgpolíticos, más ricos, más rejuvenecidos física y cognitivamente, donde obviamente los ciudadanos más pobres o naturales carecerían de dicho acceso, con lo cual se ponen en riesgo los derechos políticos y las libertades civiles en aras de la salud y el progreso tecnológico.

Sin embargo, siendo hasta el momento la vida radicalmente única e irrepetible, lo importante resulta no morir en vida. Parafraseando a Schopenhauer, quien convencido de que siendo la vida un sufrimiento constante e insaciable, una vida extendida por la biogenética y por más que detente el poder político, no sería una fortuna, sino una condena extendida. Finalmente ¿Quién quiere vivir 150 años? O como dice la canción de Queen Who wants to live forever.

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