AGENCIA DE NOTICIAS

Así fue «Mi Primera Vez»… en el Quetzalli

El director del portal de noticias Costa Veracruz revela en una narración sus primeras impresiones como usuario del nuevo transporte urbano con camiones híbridos Yutong. Esto fue lo que vivió. «Fue un encuentro apasionante e inolvidable» en su primera vez, dice. Estamos seguros que se refiere a la nueva ruta.

/ por JORGE CÁCERES /

Confieso que estaba un poco nervioso. Era mi primera vez. Ya me habían hablado mucho de él, había escuchado testimonios llenos de satisfacción. También había leído que los que ya lo habían hecho, subirse al camión híbrido Yutong, confesaban que había sido algo emocionante, una experiencia increíble. Los había dejado con una sonrisa plena en sus labios. Llenos de gozo.

Sí. Yo quería eso. Así que, intrigado, curioso, decidí probarlo. Este sería mi propio testimonio. Me subiría a la Ruta del Malecón del nuevo servicio de transporte urbano Quetzalli que impulsa el Gobierno del Estado con la mano firme de nuestra mandataria estatal, Rocío Nahle, emanada de las filas de Morena.

Veremos.

Lo tomé en el Parque Independencia, sobre la avenida Llave casi con Carranza. La enorme unidad estaba estacionada con el aire acondicionado encendido, ya había como 2 pasajeros al interior. El chofer estaba invitando a los usuarios a abordar la unidad mientras se liaba un cigarrillo. Se ve que lo disfrutaba. Era un breve momento de relajación para él, el estrés se difuminaba junto con el humo del tabaco. Supongo que ese día era ya pesado para él como trabajador del transporte; precisamente era el día del escándalo que estalló en las «benditas redes sociales» en la que algunos medios reportaban manifestaciones, inconformidades acerca las condiciones generales de trabajo de los operarios de estos camiones chinos de motor híbrido.

«Ahorita me paga, súbase a la unidad, ya mero salimos», me dijo el operador en un tono cordial, amable.

Abordé la unidad. Me impresionó que subirse al camión chino Yutong era muy fácil, accesible. La puerta de entrada casi al nivel del piso. Muy al contrario de los camiones vetustos, caducos, de las unidades de rutas urbanas de los cooperativistas. Ahí tenías que pegar un brinco y agarrarte del fierro, del pasamanos, porque luego luego el chofer ya está arrancando la unidad en busca de más pasaje. Aquí en el Quetzalli subí sin esfuerzo, de inmediato una ola fresca de aire acondicionado me envolvió con ternura si me excusan de la hipérbole en mis expresiones. Creo que era el extásis. «De aquí soy», dije.

Sí. Olía a nuevo el camión. Me senté en el primer asiento, había mucho espacio. De reojo ví que había asientos preferenciales a mujeres embarazadas y personas de la tercera edad. Yo ya sabía de su rampa de acceso para pasajeros que usaban silla de ruedas: cualquier persona podría transportarse en un Quetzalli sin ningún problema. Todo eso me hacía sentir que el pagar los 13 pesos de alguna manera yo contribuiría a a conceptos como transversalidad e inclusión.

Pues ya arrancó el chofer.

Parecía que el camión se deslizaba en el pavimento. Como si de repente hubieran desaparecido todos los baches. La gente le hizo la parada sobre la avenida Carranza y unos tramos más por el malecón. Me di cuenta que los usuarios, antes de subir, le preguntaban que cuál era la ruta. El chofer parecía un poco fatigado: responder siempre lo mismo. «Me voy por todo el malecón hasta llegar al ITESCO», decía.

Lo cierto es que no hay canales de comunicación que informe acerca estas rutas. Hay un diputado de Morena que cree que solo basta con publicar en sus redes sociales para mantener informada a la población. Giovanni Sartori acudiría a terapia si supiera acerca esto. Pero en fin. Yo ahora solo soy un humilde pasajero.

Prosigo.

La del moño colorado, me trae todo el día mareado. Laaa del moñooo coloradooo. Suena el altavoz al interior de la unidad. No había reparado que si está pegajosa la canción del grupo norteño Los Pedernales la que suena en este momento. Y el sonido del acordeón, también se pega.

Pronto reparé en que el asiento del conductor se subía y se bajaba, se subía y se bajaba. ¿Está bailando cumbia el chofer desde su asiento? fue lo primero que pensé. Casi de inmediato recordé que este tipo de unidades tienen la bondad de contar con movimientos de masajes para los conductores, que evita que los choferes caigan en estrés, fatiga o cualquier lesión cervicular.

Otra cosa que más me gustó es que el conductor ya era de una edad avanzada. En lo personal, pienso que el modelo económico actual vomita, excluye, violenta a la población económicamente activa que tiene más de 45 años de edad. Como si ser experimentado, ser viejo, fuera una carga de cualquier cotizante a empleo según la perspectiva de los reclutadores. Siempre me alegraré cuando el sector patronal contrata a Adultos Mayores, personas con algún tipo de autismo o TDA en alguna posición de empleo productivo. Otra vez en mi mente. Transversalidad. Inclusión Social. Equidad. Justicia social.

Pero ya me estoy desviando del tema. La del moño colorado. De todas las que yo miro hay una que quiero más. Con la del moñito rojo me quisiera yo casar. La del moño colorado, taraaraaaaraa. Oigan si está buena la canción. Y estaba así yo con ese tipo de cavilaciones, pensamientos muy etéreos, cuando repente me percaté que ya estábamos por el malecón. Yo vivo por el malecón y no hay urbanos que transiten por aquí. Hasta ahora.

Desde el amplio ventanal me di cuenta de una vista panorámica, el mar azul rey, intenso. El oleaje bravío y el cielo celeste. La costa. Era hermoso verlo desde ahí.

Unos viven en Playa del Carmen, otros en Cozumel, unos más en Mahahual. Pero yo estoy aquí, en Coatzacoalcos, de aquí es mi familia, de aquí vivo y tengo mis ingresos, y ahora estoy viendo desde un cómodo asiento el poderoso mar del Golfo de México y no saben lo orgulloso y afortunado que me sentí entonces.

Sí.

El personal con oberol naranja y rojo recogiendo residuos de hidrocarburo a lo largo de toda la playa, era en ese momento ya solo un amargo recuerdo que había quedado atrás, muy lejano como si no hubiera existido nunca. La naturaleza tarde o temprano, cobrará factura: aquí y en todas partes. Eso lo sé muy bien.

Por andar con todas estas elucubraciones, razoné que pronto ya tendría mi parada. Me levanté del asiento, sin luchar con nadie para abrirme espacio hacia la salida o bajada. Había tenido un breve viaje ¿filosófico? ¿de diálogo interior? ¿terapeútico?

No lo sé.

Lo que sí sé es que si me hubiera subido al Quetzalcoatl de la ruta Juan Escutia – Tesoro no habría tenido espacio ni tiempo para este nivel de pensamientos sublevados. Ahí con los cooperativistas es como la ley de la jungla, todo obedece al instinto de supervivencia.

Apreté el botón. «¡Bajan!», dije.

El chofer no abrió las puertas de las compuertas de salida hasta que detuvo por completo la unidad. Bajé ofreciéndole las gracias. El calor de playa me golpeó de inmediato el rostro… como si fuera una bofetada. El bochorno, la concentración de humedad, el calor agobiante. Fue entonces que volví a la realidad.

Continué camino a casa con solo un pensamiento; o más bien, una duda: ¿la del moño colorado estará en Spotify?

MI PRIMERA VEZ EN EL QUETZALLI
HIBRIDO Y CHINO.
LO VOLVERÉ HACER, SUBIRME AL QUETZALLI.
LOS USUARIOS ESTÁN OPTANDO POR PAGAR 13 PESOS POR UN MEJOR SERVICIO.

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