LOS ABOGADOS / INFLUENCERS
Two men showcase wealth and followers in a vibrant office setting.
/ por Sergio Arias /
Vivimos en una época en la que la imagen, el estilo de vida y las emociones se exhiben como mercancía en una vitrina digital. El influencer encarna mejor que nadie esta lógica: capitaliza el narcisismo contemporáneo, donde la validación -medida en “likes” y seguidores- desplaza otros criterios de valor.
Salvo contadas y honrosas excepciones, la mayoría deja mucho que desear. Actúan como si supieran de todo y opinan sobre cualquier asunto: lo mismo abordan política que ciencia, religión, psicología o relaciones sentimentales.
En ese sentido, podrían considerarse -parafraseando al filósofo Gustavo Bueno- los nuevos impostores. Bueno definía al impostor como aquel individuo que se presenta ante un grupo social arrogándose títulos o competencias que en realidad no posee (a veces incluso apropiándose de los de otros), y cuya supuesta autoridad es condición para su actuación pública. Pero añadía un matiz decisivo: “tan responsable de la impostura es el impostor como su público”, que acepta esas credenciales sin someterlas a un contraste riguroso.
La “moral de rebaño” de la que habla Nietzsche se hace aquí presente: individuos inclinados a la aprobación inmediata y a la búsqueda fácil de validación, sin reparar en las consecuencias. Para el filósofo alemán el individuo fuerte crea sus propios valores; el influencer en cambio, ajusta su discurso a lo que mejor funciona ante la audiencia. Así, se acerca más al conformismo que a una auténtica afirmación de sí mismo.
Recientemente hemos observado en redes sociales la aparición de un nuevo perfil: el abogado/influencer. No nos referimos a aquellos profesionales que han construido una sólida carrera y que utilizan estas plataformas para fortalecer su despacho, firma o servicios, generando contenido basado en su experiencia y dirigido, por lo general, a una audiencia especializada compuesta por otros abogados o juristas.
Nos referimos a aquellos abogados que, en su calidad de influencers, difunden en redes sociales información jurídica incompleta, descontextualizada o incluso incorrecta. En un ámbito como el Derecho, esta práctica puede tener consecuencias graves para quienes consumen ese contenido y, eventualmente, solicitan sus servicios, poniendo en riesgo bienes jurídicos fundamentales como la libertad, el patrimonio e incluso la vida de sus potenciales clientes o seguidores.
Como ocurre con gran parte del contenido en redes sociales, la información se presenta en fragmentos breves con la finalidad de alcanzar viralidad. En este proceso, el contenido jurídico se transforma en entretenimiento, y es precisamente ahí donde el ejercicio de la abogacía corre el riesgo de desvirtuarse.
En este contexto, el abogado/influencer puede incurrir en diversas conductas problemáticas: desde vulnerar el secreto profesional al aludir a casos que ha llevado, hasta emitir recomendaciones imprecisas o fomentar prácticas poco éticas. Todo ello contribuye a proyectar una imagen distorsionada y poco rigurosa de la profesión jurídica.
En su obra El jurista y el simulador del derecho, Ignacio Burgoa Orihuela sostiene que el verdadero jurista es aquel profesional comprometido con el conocimiento, la ética y la responsabilidad social; en contraste, el simulador aparenta dominio, pero en la práctica distorsiona la esencia de la profesión.
En suma, se trata de la sustancia frente a la apariencia.
En este contexto, resulta imprescindible distinguir entre quienes utilizan las redes sociales para difundir el derecho con rigor y responsabilidad profesional, de aquellos que las emplean para simular conocimiento y ganar notoriedad, construyendo una imagen de éxito carente de sustento real en la práctica jurídica.

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