ASI CONOCI A PACO IGNACIO TAIBO II, EL ESCRITOR QUE LA METE DOBLADA
La presencia de Paco Ignacio Taibo II es como la nicotina: estimula, adultera, exacerba y quizás -para algunos, es una molestia-pero respirar sus letras es como el aroma del tabaco: o te envicias o lo vomitas por el mareo.
En mi caso, Paco Ignacio Taibo II lo hago responsable de ser un periodista de izquierda. Muchos me han mentado la madre por mi actividad reporteril, otros me han celebrado, solo una cosa es cierta: a veces pienso que soy producto de.. ¿la literatura o de la fantasía? Qué carajos importa, ni siquiera sé quién soy. Lo que hice, hecho está. Y el Creador me ha recompensado ahora, como conocer a un maestro que forjó mi ideal como reportero. Y lo más mejor, autografió mi libro de Días de Combate.
/ por JORGE CÁCERES /
Hay muchas cosas más por decir de Paco Ignacio Taibo II, como por ejemplo que gracias a él pude leer a maestros de la literatura a solo 12 pesos en su colección del Pueblo. Pero eso no importa ahora, ahora quiero comentar esto.
Tuvieron que pasar muchas décadas desde mi etapa en que estudiaba la Universidad -en la que leí la biografía del Che Guevara escrita por Paco Ignacio Taibo II- para comprender la profunda influencia que ese autor ejerció sobre mi formación política e intelectual.
A través de sus páginas descubrí no solamente al personaje histórico, sino también una manera distinta de entender el compromiso social y la congruencia entre las ideas y los actos. El Che que retrata Taibo II, sustentado en una rigurosa investigación, era un hombre íntegro, de una sola pieza, alguien para quien los ideales no eran un discurso, sino una forma de vida.
Como veracruzano, me llenaba de orgullo saber que una parte fundamental de la historia de la Revolución Cubana tenía raíces en México. Me asombraba conocer que Fidel Castro y sus compañeros habían planeado buena parte de aquella gesta desde el Café La Habana de la Ciudad de México y que la expedición revolucionaria había partido a bordo del Granma desde el puerto de Tuxpan, Veracruz.
Para aquel joven universitario que apenas comenzaba a descubrir el mundo, esos hallazgos narrados por Taibo II eran revelaciones fascinantes.
Mientras avanzaba en la lectura, mi imaginación juvenil se trasladaba a la Sierra Maestra. Quería ser uno de aquellos rebeldes “descamisados” que desafiaban la adversidad en nombre de una causa. Admiraba figuras como Camilo Cienfuegos y a tantos otros combatientes que, armados con viejos fusiles Mauser y una férrea convicción, resistían los embates de un ejército mucho mejor equipado.
Explico todo esto para que se entienda la emoción que sentí al encontrar años después, ya no en las páginas de un libro, sino en persona, a Paco Ignacio Taibo II. Frente a mí estaba el escritor que había despertado en mi juventud una sensibilidad de izquierda y una permanente inquietud por la justicia social.
El tiempo pasó y volví a escucharlo, esta vez en una conferencia sobre Benito Juárez impartida en la Cámara de Diputados. Nuevamente logró sorprenderme. Gracias a él conocí facetas poco difundidas del Benemérito de las Américas: un Juárez apasionado por el baile, un indígena zapoteca que, además de ser un brillante jurista y estadista, disfrutaba tanto de las fiestas que terminaba desgastando las suelas de sus zapatos.
Es precisamente ahí donde reside la grandeza narrativa de Paco Ignacio Taibo II. No se limita a contar la historia; la humaniza. Rescata esos pequeños detalles que rara vez aparecen en los libros de texto y que convierten a los personajes históricos en seres de carne y hueso. Por eso sus crónicas son mucho más que una lección de historia: son un regocijo para la imaginación y un auténtico festín intelectual.
Hubo otra etapa de mi vida en la que Paco Ignacio Taibo II volvió a acompañarme, aunque esta vez en circunstancias muy distintas. En los años más violentos de Coatzacoalcos, cuando las noticias parecían una interminable sucesión de hechos policiacos, encontré refugio en su literatura negra.
Fue entonces cuando leí Días de Combate y conocí a Héctor Belascoarán Shayne, ese detective improbable, irreverente y profundamente humano que se convirtió en uno de los personajes más entrañables de la narrativa mexicana contemporánea.
Leer aquellas novelas fue un auténtico regocijo. Entre todas las escenas y personajes, hay un detalle que permanece intacto en mi memoria. Belascoarán tenía su despacho junto a un plomero llamado Gilberto Gómez Letras. Cada vez que aparecía aquel personaje no podía evitar sonreír.
Con el paso de los años llegué a pensar que, para Taibo, el ejercicio literario tenía algo de plomería: revisar tuberías ocultas, destapar cañerías atascadas, encontrar fugas donde nadie más las veía. Después de todo, escribir también consiste en explorar los conductos secretos de una sociedad y sacar a la superficie aquello que permanece escondido.


Por eso, cuando tuve la oportunidad de verlo en el ITESCO de este municipio de Coatzacoalcos, lo primero que hice fue acercarme para presentarme y compartirle una investigación que me parecía fascinante. Gracias al trabajo del cronista Anselmo Secundino Diego, sabemos que Ernesto Guevara de la Serna pasó por Coatzacoalcos antes de convertirse en el mítico Che Guevara.
El Che, cuando era médico y no rebelde, estuvo aquí en Coatzacoalcos durante su etapa como médico viajero, recorrió la región, tomó fotografías de la ciudad y visitó Villa Allende.
Recuerdo perfectamente aquel instante. Le comenté a Taibo el hallazgo y apenas escuchó que el Che había estado en Coatzacoalcos, sus ojos se iluminaron con la curiosidad de quien lleva toda una vida persiguiendo historias.
—¿Y qué hacía aquí el Che Guevara? —preguntó de inmediato.
La reacción fue tan genuina como entrañable. Durante unos segundos dejó de ser el escritor consagrado, el historiador y el promotor cultural para convertirse, simplemente, en un investigador más, atrapado por una pista inesperada.
Lo que siguió después prefiero conservarlo para mi memoria personal.
Hay conversaciones que valen más por el recuerdo que por la anécdota. Pero sí puedo decir que en ese breve intercambio confirmé algo que había sospechado desde mis años universitarios: Paco Ignacio Taibo II nunca perdió la capacidad de asombro. Y quizá sea precisamente esa cualidad, la curiosidad insaciable, la que explica por qué sus libros siguen despertando lectores, preguntas y pasiones a lo largo de generaciones enteras.
AQUI EL REPORTAJE DEL CHE EN VILLA ALLENDE
El Che Guevara estuvo en Villa Allende, Coatzacoalcos
El Che Guevara estuvo en Villa Allende, Coatzacoalcos






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