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¿EL MUNDIAL DE LA EXCLUSIÓN?

LEGENDARIO SALÓN CORONA

/ por Sergio Arias /

Si bien las relaciones entre México y Estados Unidos atraviesan un periodo complejo debido a cuestiones vinculadas con la seguridad, el narcotráfico y las tensiones políticas, el próximo 11 de junio dará inicio la Copa Mundial de la FIFA 2026, uno de los acontecimientos deportivos más importantes del planeta.

La FIFA optó por organizar el torneo de manera conjunta entre Estados Unidos, México y Canadá, una decisión que algunos observadores consideran motivada principalmente por razones económicas más que deportivas. Aunque el marco de integración del T-MEC ofrece ventajas en términos de infraestructura, conectividad y cooperación regional, también presenta desafíos logísticos significativos. Las distancias entre varias de las sedes son considerables, por lo que equipos, aficionados y periodistas deberán recorrer miles de kilómetros a lo largo de la competición.

México se convertirá en el primer país en albergar partidos de tres Copas del Mundo distintas (1970, 1986 y 2026), un hecho de gran relevancia simbólica e histórica. El torneo representa una oportunidad para fortalecer la imagen internacional del país, así como para impulsar el turismo, la inversión y la proyección global de sus ciudades anfitrionas. Sin embargo, algunos aficionados consideran que, pese a la condición de coanfitrión de México, el protagonismo principal del certamen recaerá en Estados Unidos, debido al mayor número de sedes, partidos y recursos involucrados en la organización.

Por su parte, Canadá desempeñará un papel relativamente modesto en cuanto al número de sedes, aunque significativo desde el punto de vista simbólico y deportivo. El país albergará 13 encuentros distribuidos entre Toronto y Vancouver. Toronto será escenario del primer partido de la selección canadiense, mientras que Vancouver recibirá varios compromisos de la fase de grupos y de las rondas eliminatorias. Además, Canadá llega al torneo con una de las selecciones más competitivas de su historia reciente, liderada por figuras como Alphonso Davies y Jonathan David, exponentes de una generación que ha elevado el nivel y las expectativas del fútbol canadiense.

Entre los aficionados mexicanos, una de las principales inconformidades radica en el reducido número de partidos programados en territorio nacional y en el elevado costo de los boletos y paquetes de hospitalidad, cuyos precios pueden alcanzar cifras cercanas a los 130 mil pesos. Para muchos, esta política de precios limita el acceso de amplios sectores de la población y aleja a los aficionados tradicionales de los estadios. Como consecuencia, existe la percepción de que la Copa del Mundo se ha convertido, al menos en parte, en un espectáculo orientado a consumidores de altos ingresos y clientes corporativos, más que en una celebración popular accesible para el ciudadano común.

Según el filósofo de Harvard Michael J. Sandel, los grandes eventos deportivos han dejado de ser espacios genuinamente democráticos en los que convergían personas de distintas clases sociales. En su lugar, predominan esquemas de segmentación basados en la capacidad de pago, reflejados en palcos exclusivos, zonas VIP, asientos preferentes y experiencias premium. Desde esta perspectiva, la FIFA tiende a privilegiar la maximización de ingresos mediante patrocinios, paquetes corporativos, derechos de transmisión y ofertas orientadas al turismo de alto poder adquisitivo. Ello plantea un debate sobre si esta lógica comercial termina desplazando parte del significado social del fútbol, entendido como un fenómeno cultural que trasciende lo deportivo y articula identidades nacionales, regionales y comunitarias, además de congregar a millones de aficionados en todo el mundo.

Si bien, en lo personal, no tengo grandes expectativas sobre su desempeño, la selección mexicana llega al Mundial con el objetivo de superar la llamada “maldición del quinto partido”, es decir, alcanzar al menos los cuartos de final, una instancia a la que no accede desde 1986.

Sin embargo, la selección mexicana no representará únicamente a su federación, la Federación Mexicana de Fútbol (FMF). En la Copa Mundial de la FIFA 2026 competirá en un escenario donde convergen intereses deportivos, económicos, mediáticos y sociales, en el que participan selecciones nacionales, empresas, medios de comunicación, aficionados y diversas organizaciones deportivas. Por ello, el torneo trasciende el ámbito estrictamente futbolístico y adquiere también una dimensión geopolítica y cultural de alcance global.

Por lo que a mí respecta, mis selecciones favoritas son Argentina y Francia. Argentina, por ser la primera selección que vi coronarse campeona del mundo por televisión, allá por 1978. Antes de Messi y Diego, ya había un Kempes haciendo goles y dejando huella en la historia del fútbol.

En el caso de la selección francesa, como jacobino admiro que sea la cuna de la Revolución Francesa y que históricamente haya sido una nación competitiva. Fue campeona del mundo en 1998 con jugadores como Zinedine Zidane y Patrick Vieira. Además, siempre resulta emocionante escuchar a la multitud entonar “La Marsellesa” antes de los encuentros.

Por cierto, al evocar a los grandes franceses, merece la pena recordar una frase atribuida a Albert Camus, que defendió la portería en sus años de juventud: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

Y si bien como dijo el comentarista José Ramón Fernández: “El futbol no es la patria”, no nos queda más que sentarnos a disfrutar de ese espectáculo que el fútbol nos regala cada cuatro años: los grandes jugadores, las jugadas memorables, los goles inolvidables y los partidos que quedan grabados para siempre en la memoria de los aficionados.

LEGENDARIO SALÓN CORONA

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