¿DÓNDE ESTÁ EL DINERO?
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/ por Sergio Ruiz Arias /
Recientemente el Congreso aprobó una Ley de Economía Digital para Pagos Digitales y Electrónicos que revivió el debate sobre la prioridad de los pagos digitales sobre el uso del dinero en efectivo.
De este debate surgen al menos dos interrogantes: ¿Quién gana cuando desaparece el dinero físico? y ¿qué efecto tienen sobre la fortaleza de la soberanía y la capacidad operativa del Estado?, si bien los pagos digitales no suponen per se la desaparición del dinero en efectivo, si genera una transformación de las instituciones que lo administran y controlan.
Desde su origen, el papel moneda fue una innovación extraordinaria que permitió ampliar el comercio, fortalecer a los Estados modernos y desarrollar el sistema financiero contemporáneo. Pero también introdujo una cuestión política permanente: si el dinero ya no vale por el metal que contiene (oro en aquellos tiempos), entonces su valor depende de la confianza en las instituciones que lo emiten.
Esa relación entre moneda, confianza y soberanía sigue siendo uno de los temas centrales de la economía y la teoría política actuales.
En obras como El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Federico Engels explica que las comunidades primitivas producían principalmente para su propio consumo.
Sin embargo, a medida que se desarrolló la división del trabajo entre comunidades y grupos sociales, apareció el intercambio regular de productos.
Para Carlos Marx, la moneda no es una simple creación jurídica del Estado, sino la expresión de una realidad económica más profunda. Aunque los Estados intervienen decisivamente en su emisión y protección, la fortaleza de una moneda nacional depende, en última instancia, de la capacidad productiva de la sociedad y de las relaciones económicas que la sostienen. Por ello, el dinero no sólo actúa como medio de intercambio, sino también como un instrumento de organización económica y poder político: facilita la circulación de mercancías, hace posible la recaudación fiscal, estructura el sistema financiero y contribuye a la acumulación capitalista.
Desde esta perspectiva, la moneda constituye uno de los vínculos más estrechos entre la soberanía estatal y la vida material de una nación.
Desde una perspectiva del liberalismo económico, la soberanía monetaria debe estar sometida a controles que protejan la estabilidad económica o la soberanía.
Para pensadores como Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill, la moneda es, ante todo, un instrumento destinado a facilitar el intercambio de bienes y servicios y a reducir los costos de transacción. Si bien corresponde al Estado emitir moneda y garantizar su aceptación como medio de pago, esta facultad debe sujetarse a controles y reglas que eviten su uso arbitrario, pues una intervención excesiva puede erosionar el valor de la moneda y afectar el funcionamiento de los mercados.
Si bien, la moneda es un atributo de la soberanía nacional, es innegable que las economías están integradas a mercados globales. Si el dinero materialmente existente pervive es por la existencia de estructuras estatales, sistemas jurídicos, bancos, sistemas de cobro, tribunales, fuerzas de seguridad y relaciones internacionales que lo sostienen.
Por otra parte, el dinero no es sólo un instrumento económico; también influye en cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos relacionamos con los demás.
Pagar en efectivo produce una sensación psicológica diferente a pulsar un botón o acercar una tarjeta. El dinero en efectivo hace más visible el costo de una decisión, mientras que los pagos digitales tienden a abstraernos y adicionalmente genera un rastro digital que revela aspectos cada vez más precisos de nuestra vida cotidiana, nuestros consumos y nuestras preferencias. Esta transformación no sólo modifica la forma en que pagamos, sino también la relación entre la economía, la privacidad y la libertad individual.
En un país como el nuestro, limitar el uso de efectivo trae consecuencias para personas que trabajan en el sector informal de la economía -que equivale al 55% de la población ocupada-, personas sin acceso a plataformas digitales como los adultos mayores, personas con alguna discapacidad o de poblaciones marginadas.
Quienes defienden la permanencia del efectivo suelen argumentar que, aunque los pagos digitales sean más eficientes, el efectivo constituye una reserva de libertad, privacidad y autonomía que conviene preservar porque, una vez desaparece, el poder sobre las transacciones económicas queda mucho más concentrado en instituciones financieras, tecnológicas y estatales.
El debate entre el efectivo y los pagos digitales es, en realidad, un debate sobre el poder. No sólo sobre cómo circula el dinero, sino sobre quién lo controla, quién registra su movimiento y hasta qué punto los ciudadanos conservan espacios de autonomía frente a las redes financieras y tecnológicas que sostienen la economía moderna.
En esa tensión entre el bolsillo de las personas y la infraestructura digital de las finanzas se juega una parte importante de la libertad y la soberanía del siglo XXI.

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